Nuevas voces

Queremos agradecer a quienes se han puesto en contacto con nosotros. Debemos señalar que en nuestra revista no hay una sección para creación literaria, pero esperemos este sea el inicio de futuras colaboraciones.

Gracias a Sandra y Amelia por compartirnos sus escritos. Les deseamos muchos éxitos en sus respectivas carreras literarias.

¡Disfruten del festín!

Amelia Modrak es fotógrafa y escritora. Nació en 1973 en Las Palmas de Gran Canaria. Publicó su primer poemario Notas en 2010 en Ediciones Vutrubio. Ha publicado en las revistas  La tundra, Zoque, Infame, etc. Su trabajo fotográfico puede apreciarse en su blog: ameliamodrakphotography.wordpress.com.

Albatros 

Que tener el rostro 
Como un lienzo blanco. 
Qué más quisiera yo 
Que parecerme a ti. 
La belleza es tan escasa, 
Cunde tan poco en los llanos 
Y sobra tanto en aire, 
Que celebraría poder volar. 
Me llevaría bien lejos 
En un claro amanecer 
Para lavar de mi vida las manchas de hollín 
Y perfumar mis plumas 
Con pureza y humanidad. 
Pero yo solo soy un gato, 
No soy un albatros, 
Soy una jauría de perros hambrientos, 
Y, a veces, 
Gallinas en un corral. 
No tengo un pedestal en el mundo, 
Solo un par de manos secas, 
Vacías, secas y arrugadas. 
Manos temblorosas, 
Con callos rojos, 
Que ignoran cómo construir su vida 
O cómo conseguir su libertad. 
Manos de mono, 
Uñas de gato, 
Dientes de perro, 
Ojos de gallo. 
Yo me muevo sin plumas blancas, 
Mi motor es la iniquidad. 
Imantada al piso 
Está mí pesada carga: 
Prejuicios, rencores, miserias, maldad. 
Qué bueno sería poder ser perfecto, 
Ese pájaro-ángel, 
Esa ave-divinidad. 
Qué bueno sería poder ser albatros 
Y el inmaculado cielo 
Algún día llegar a surcar. 
 

Albatros - Amelia Modrak.JPG

Quisiera ser 

 
Quisiera ser 
Puente entre muchas las naciones, 
Canciones de paz, 
Y sombra que ampare quemados, 
Mansión de paredes gigantes 
Cobijando un millar de exiliados, 
Escudo que frene las balas 
Cuando se hayan disparado, 
Luz en la dolorosa vigilia, 
Manos acariciando a un condenado, 
Colchón que evite accidentes, 
Medicina que cure a un lisiado. 
Quisiera ser 
Una ramita de olivo 
Que anuncie que el mal ha acabado, 
Que todos vivimos en paz, 
Que todos somos hermanos.

Quisiera ser - Amelia Modrak.JPG

Sandra Basurto. Nació en la Ciudad de México en domingo. De profesión Comunicóloga; dedicada al análisis de información. Se dice estudiosa de la Historia del arte, practica la pintura. La música, la ciencia y la literatura son sus aficiones. Es una constante aprendiz de las nuevas tecnologías aplicadas en la creación artística. En materia espiritual; cocina su consciencia a fuego lento en la alquimia de la transformación que deja la experiencia de la vida.

El sueño de otro Ícaro

Iba a saltar pero creía que no era bueno que lo hiciera así sin más que un montón de ganas, por lo que me detuve unos minutos.

Lo había pensado muy bien pero me dieron escalofríos y espasmos en el estómago otra vez, ya diez veces, todas con la misma intensidad.

Me seguía llamando el paisaje, la altura;  la abrupta caída no sería tan mala con toda esa agua debajo.

Estaba ahí en el desfiladero, buscando escapar, a unos pasos de perderme entre el abismo y el espanto. Tomé vuelo, respiré hondo, pensé en ti, en mí, en la vida, en la libertad; apreté los puños, miré hacia al cielo, hacia el frente y empecé a correr.

El piso desapareció, la caída empezó a manifestar su impostergable descenso. Mi cuerpo se exponía a la profundidad de ese hermoso abismo; mi peso era el ancla para aterrizar y también alas para escapar de mi encierro eterno. Caía, caía rápidamente; las imágenes se descomponían, el paisaje aparecía untado en mi rostro; el fondo se hacía más cercano, más grande; lo frío del aire que chocaba en mi cuerpo me enfriaba hasta el valor.

El sol iluminaba mi descenso y desde tan lejos en donde se encuentra colgado, me tenía prendido de su luz que esparcía en este vacío, me iluminaba como abrazo y me salvaba de la soledad que deja lo inmenso; mi estómago y mi garganta estaban pegados, ya juntos, se hacían uno para despertarme el temor e inspirarme a gritar por auxilio, pero ese grito se ahogaba en aquella libertad que sentía; nada era mejor que esa sensación, entonces, en ese sublime descenso,  comencé a escuchar una voz cada vez más fuerte:

¡Ícaro, Ícaro! ¡Despierta!

¡Abrí los ojos! Mire alrededor. Seguía en la cárcel, como ayer, como antier, como siempre desde hace diez años.

 

 

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