Una ventana con vista a Rusia. Parte I

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Llegué a San Petersburgo la tarde del 6 de abril. La ciudad me recibía con sol, sin lluvia, pocas nubes. Un día paradisíaco y el primero en los últimos meses, si no es que el más agradable en lo que iba del año, según me decía la persona que me recibió en el aeropuerto. Cosa curiosa es que con la llegada de un connacional dos meses antes el día se pronunciaba de igual manera, mejor que muchos otros días anteriores,  me platicaba él mismo; sobre todo considerando que la comparación era con respecto a los días fríos  de invierno. En tono de broma, comentábamos que dada la relación entre nuestros arribos a tierras de Pedro el Grande y su clima, los días nublados y lluviosos quedaban en el olvido con la llegada de un mexicano cada día.

La bienvenida fue acogedora; la burocracia Rusa me hizo sentir como en casa los primeros dos días: de papel en papel y de oficina en oficina, poniendo en orden todo lo referente al que sería mi dormitorio en los próximos tres meses. Las puertas que crucé en el vaivén, seguro, se multiplicaban por dos, en comparación con las que cruzaría en México: una particularidad de las entradas en los edificios es que están resguardados con dobles puertas ¿Será a caso  para atrapar, entre los dos pasos de separación entre ellas, los vientos fríos de inverno?

El sentimiento de estar como en casa dijo adiós con el fin de los trámites obligados. La  cabeza se alineaba a donde los pies pisaban y comenzaba entonces el proceso de adaptación. Por ejemplo, ir de compras y dejar que las letras en cirílico me hicieran de nuevo el inocente de cinco años que, aprendiendo a leer, descubre un nuevo mundo al mismo tiempo que escucha a las letras decir palabras.

Mis días pasaron oscilando entre lo cotidiano y lo no tanto. Como cortarme el pelo, que afortunadamente sólo tuve que hacer una vez, pues ni una foto que ilustraba lo que quería, ni el traductor en mi celular, fueron impedimento para que la señorita cortara sin pena mi cabello a estilo casi militar. Ni como reclamar. Sí, lo sé: mi error por no aprender ruso –por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa. Al menos comprobé lo que un buen amigo y yo concluimos algún día: el lenguaje es el invento más trascendental del hombre. Pregúntenle al cabello del que ahora escribe.

Lo  militar de mi nuevo corte me recordaba algunas lecturas sobre el respeto que guardan los rusos por el sacrificio hecho en la Segunda Guerra Mundial, La Gran Guerra Patriótica, como ellos la llaman. Al respecto, debo decir que el significado de la palabra respeto es incompresible sin su respectiva carga histórica.

Como ejemplo particular, San Petersburgo, llamada Leningrado en tiempos del conflicto mundial, fue sitiada por los alemanes entre los años 1941 y 1944. Un amigo me relataba lo que su abuela, quien vivió de niña en Leningrado en esos años, le había contado a su madre sobre el sitio. Me ponía en contexto durante su relato tomando una cuarta parte de una pieza de pan e indicándome que esa era la ración de comida a la que tenían acceso diariamente durante el sitio de los casi 900 días de la ciudad. El relato se me hizo más dramático dado el banquete que teníamos en la mesa durante éste.

El trayecto de Peterhof a la ciudad, que transitaba al menos una vez por semana, guarda en sus caminos monumentos a los soldados caídos, donde las flores y el fuego, infinitos ambos, se encargan de mantener con vida en la memoria de los rusos el sacrificio hecho. Las flores en los monumentos se vuelven más infinitas en el mes de junio, mes en el que se celebra el fin de la Gran Guerra Patriótica, y en el que al parecer, se tiene presente que la guerra la ganó la Unión Soviética, pues las calles y carreteras son custodiadas por el martillo y la oz, ondeando con un rojo que quisiera estar vivo aún; al menos para los ojos del autor. Y no es un problema de daltonismo. Quizá sí de ideologías.

Cierto que para conocer este aspecto de Rusia no necesité ningún museo. Sin embargo, en el Salón de la memoria y el dolor, en Moscú, honra con libros los millones de hombres caídos con sus nombres escritos en ellos, el final del pasillo conduce a la estatua de una madre con su hijo soldado muerto entre sus brazos, lo explica de manera sublime con el silencio ensordecedor que inspira el respeto a algo sagrado.

El sacrificio  hecho en Rusia en la Segunda Guerra Mundial es equiparable tan solo con sus dimensiones territoriales. Tanto como podría serlo con la vasta colección de arte en el Hermitage, presentado de frente por la plaza del Palacio de Invierno, en donde se respira la historia escrita con tinta roja y el presente es coloreado por el turismo y la hospitalidad rusa.  Un día completo no alcanza para recorrerlo en su totalidad, aunque sí para notar en sus parcialidades los contrastes artísticos entre diferentes culturas: desde la rusa, pasando por la francesa, alemana, española, hasta la de la antigua Siberia; y por supuesto, para sumergirse en la opulencia de los interiores del Palacio de Invierno, cuyo exterior es abrazado con particular afecto por la vista que se tiene desde el mirador de la Catedral de San Isaac, una de las más grandes de Rusia (si no es que la más) y que en sus interiores ilustra a la iglesia ortodoxa rusa, con su propia imagen de Jesús. Aunque la iglesia mandada a hacer por orden de Pedro el Grande con el mismo nombre del santo no se conservó como lo hizo la actual Catedral, su colección de curiosidades anatómicas sí, la cual se salvaguarda hasta el día de hoy en el que fue el primer museo de la ciudad: el Kunstkammer o museo de antropología, en el cual se exhiben piezas procedentes de diversas culturas, principalmente la euroasiática aunque también del continente Americano.

El contraste en la variedad que presentan los museos de San Petersburgo, que va desde arte y  antropología, o la presunción del poder armamentístico nacional en el museo de armería, hasta la colección  de Pedro el Grande  de fetos mal formados, es tan pronunciado como lo estético de sus parques. Aunque ya son hermosos por sí mismos, me atrevo a decir que su belleza se conserva en la mente de quienes los visitan más por la compañía que por sus bien cuidados jardines.

Ahora traigo a mi mente la caminata en el Parque de verano con un par de amigos, y en la que me platicaban, que si bien sus padres no añoraban  al régimen estalinista, sí extrañaban, sobre todo  Irina, el buen cine que se hacía en tiempos soviéticos

También recuerdo los jardines de Catalina la Grande, que a pesar del cielo nublado y el viento, sus flores se encargaban de mantenerlo bello. Mencionar a Catalina la Grande me obliga a hacer un paréntesis de agradecimiento, pues según una amiga, Alexandra, gracias a Catalina es posible apreciar tal variedad en arte y cultura en Rusia, tanto local como foránea, pues sería quien seduciría al mundo para volver su mirada hacia Rusia.

Entre otras cosas, paseando en aquel parque recuerdo que le explicaba a Alexandra que en México es común saludar y despedirse de beso en la mejilla dependiendo de la confianza que se tenga con las personas. Cosa extraña en tierras rusas, pues para ellos esto no es habitual. Tan poco habitual que, cuando le explicaba, me preguntaba con mirada dubitativa si cuando conocía a nuevos amigos hombres era común también saludarlos de beso. La inocencia de la pregunta me causó gracia y me hizo reflexionar sobre los muchos mundos dentro de  uno solo.

Después de muchas primeras veces, la aventura termina por cuajar en la cotidianidad. En mi caso fue al mismo ritmo que las señoras que atendían en los comedores estudiantiles pasaban de tener una apariencia fría a la amabilidad, y a quienes tengo que reconocer el esfuerzo que hacían por enseñarme a pronunciar el nombre de las sopas. Ahora sólo recuerdo el nombre de la sopa borsch, de la cual existe su versión fría.  No, al tiempo no. Fría, fría, para cuando hace calor.  Si de algo no he de blasfemar sobre los platillos rusos -y es que comer sin tortillas para mí es blasfemia, digo, por eso de lo sagrado de la comida- son precisamente sus sopas, a las que esa cucharada de crema que le agregan le daba el toque con el que mi paladar las santificaba.  Diré algo más sobre las sopas rusas sin adulación alguna: las extraño.

La crema se tiene que revolver bien con la sopa para que tome ese sabor característico. Se revuelve como se revuelve el mundo  con sus otros mundos: en San Petersburgo los ostentosos edificios -o parques, como las fuentes de Peterhof – de la era zarista cohabitando con la modestia de los de la época estalinista; la montaña rusa, que por estar en Rusia tiene su propia versión de montaña americana; o la ensalada rusa, que aunque parecida y para ellos llamada olivier, no es ensalada rusa; quitarse los zapatos y ponerse sandalias para entrar a casa; el pan y el  agua que ofrecen los del más acá a los del más allá en los primeros cuarenta días después de partir, tradición que conecta con la tradición mexicana. Sí allá, pero no tan allá. Mundos separados en la medida suficiente para entender que lo bello se guarda en lo revuelto.

Así de bello, o revuelto, que pese a que las noches blancas (llamadas así durante la época del año en la que por más que el día avance la noche se niega a caer)   se llevaron las estrellas y dejaron un poco de trastorno de sueño al autor, éste no deja de recordarlas con cierta nostalgia. Sobre todo los últimos días de junio, cuando la oscuridad se hacía espuma de mar: apenas decía hola, cuando ya se despedía.

La misma nostalgia- inexplicable en este caso porque llegué al mundo unos años tarde- con la que veía alguna que otra bandera de la Unión Soviética aún en algunas casas. La misma con la que indagaba sobre cómo fue el comunismo y la misma con la que me quedé después de escuchar algunas opiniones. Así me expliqué el abandono de la estatua de Lenin  en el parque frente a la estación de trenes Finlandiskiy, apuntando con un dedo hacia la nada quizá.

La cotidianidad nunca mató en su totalidad la inocencia de vivir en un mundo revuelto (¿por qué sí la ha matado en las diferentes ciudades donde he vivido en mi país?). Me despedí de San Petersburgo una tarde antes de mi partida con una larga caminata entre sus calles y a lo largo de alguno que otro de sus canales, y aunque la había visitado un considerable número de ocasiones, la vi tan bonita como la primera vez, como enamorado. La piropeé en persona entonces, al igual que lo hago ahora que la recuerdo.

En mi  última noche ahí quise llenarme de cielo los ojos. De ese cielo que a las diez de la noche se pintaba en el horizonte de  azul y blanco, de rojo y naranja, de me quiero ir pero siempre no, de me voy pero seguro que regreso.

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