Apología de Chernóbil (sobre como Svetlana Alexiévich encontró la humanidad en la naturaleza muerta)

Habitualmente concebimos el papel de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) como un conglomerado de naciones comunistas cuyo antagonismo durante la Guerra Fría fue coprotagonizado junto a los Estados Unidos de América (EEUU). Sí, fue una nación de un gran ejército, una vasta extensión territorial y de una hábil estrategia geopolítica; los avances en la educación, arte y ciencia también son dignos de mérito. Sin embargo, un régimen tan férreo y tenaz pudo albergar también los más grandes engaños en la historia, y en la actualidad han emergido algunas cuantas voces para poder denunciar estos claroscuros, acontecimientos los cuales las autoridades soviéticas se esmeraron por mantener en el secretismo. Tal es el caso de Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015, cuya obra Voces de Chernóbil: Crónica del futuro se dedica a narrarnos en testimonios toda la situación envolvente en una de las tragedias contemporáneas más atroces.

Tal vez uno de los acontecimientos más grandes en la historia (post)soviética es el del accidente en Chernóbil, célebre por sus exageradas búsquedas, donde mutantes hasta niños-alienígenas o fantasmas, “habitan” en la ciudad abandonada; referencias primarias de búsqueda en Internet. Como bien se sabe, en abril de 1986 el Reactor #4 de la Central Atómica de Chernóbil tuvo una  falla, lo que desató un catastrófico incendio-explosión que irradió en la ciudad –en todo el mundo, meses después– una nube radioactiva que afectó a todos los habitantes de la República Socialista Soviética de Ucrania y de la República Socialista Soviética de Belarús, respectivamente. Un incidente que fue atendido inmediatamente por todos los cuerpos de seguridad civil solo podría hacernos pensar en la responsabilidad y compromiso de las autoridades por resguardar el orden, evidentemente una razón de orgullo para el ciudadano soviético. En aquel entonces el átomo también jugó un factor de prestigio sumamente importante para Moscú, por el hecho de que seguían sosteniendo una decadente carrera armamentista contra los EEUU, por lo que resultó impensable que el “átomo de la paz” –la también URSS usó energía nuclear con fines amistosos– fuera capaz de ocasionar catástrofes.

La ignorancia prevaleció en una estructura tan grande y burocratizada como lo fue el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), nadie pensó en la radiación ni mucho menos se logró dimensionar el tamaño del accidente, ya que todavía 72 horas después del siniestro la población seguía habitando la ciudad. Todo lo relacionado al accidente se convirtió –durante y después– en un tema tabú con censura; necesitaron la orden directa de Moscú para poder evacuar inmediatamente Chernóbil y toda ciudad dentro de un radio de 30 kilómetros. La gente abandonó sus hogares, sus bienes, su pasado. Consigo únicamente llevaban  alguna pertenencia muy valiosa, sus recuerdos y una trágica carga: la radiación, el viaje a la deshumanización apenas comenzaba. (Fig.1)

Autobuses

Fig. 1. Autobuses evacuando Prípiat. La gente subía, pero desconocía dónde bajaría, dejando atrás todo. Tomado de: http://bit.ly/1QF8BSw

Esta es una de las primeras semillas que esparció este accidente. Algunas otras habían echado ya raíces, llámense aquellos “voluntarios” que sirvieron patrióticamente a la URSS para atender las principales necesidades en el accidente y después del accidente. Los “liquidadores”, valerosas personas que afrontaron directamente y sin cautela alguna la radiación y que sufrieron trágicas muertes a consecuencia de la exposición fueron condecorados como héroes nacionales; algunos familiares no querían héroes u orgullos nacionales, simplemente desearían no haber estado en aquel lugar, en aquel momento. Otros cuerpos de protección civil atendían distintas tareas finales previas a la ultimación de la ciudad-tumba. Los policías cazaban a los animales –domésticos o salvajes– para evitar la propagación de la radiación, aunque en realidad solo merodeaban algunos; la vida nos ha enseñado en múltiples ocasiones que los animales huyen aun antes que se desate una tragedia. Los bomberos, por otra parte, estaban encargados con la tarea de rociar todos los inmuebles posibles para “limpiarlos” de la radiación que acogía el entorno.(Fig.2 y 3) REALMENTE era impensable que un escenario boscoso, tranquilo y silencioso como lo es la zona norte de Ucrania albergase tanto peligro y representara una severa amenaza para la humanidad. Las escenas de las acciones emprendidas posterior al accidente representan una visión post-apocalíptica del mundo, un escenario que podría imaginarse la comunidad internacional en cualquier rincón del planeta, gente que estaba cubierta totalmente en un entorno cualquiera. No hay duda de que la amenaza más severa es la más silenciosa.

mascaras

Fig. 2. La amenaza invisible. ¿Acaso un enemigo tan malévolo como la radiación podía manifestarse físicamente? Sí, pero únicamente se manifestaba en la vida, puesto que el átomo del terror estaba disperso en todo el ambiente. Tomada de: http://bit.ly/1Px2PmV

Pero la amenaza más silenciosa no solo provino de la radiación, sino del Kremlin. La manera en la que se manejó la crisis fue una perfecta tragedia-tabú –suicidios, despidos, manipulación de la información, desacreditación de los hechos, expulsiones del PCUS– fueron unas de las tantas consecuencias que desató el mal manejo de la crisis nuclear. Inclusive se documenta que hubo gente que insistió en volver a habitar algunas casas en la zona contaminada –algunos siguen viviendo allí aún– y otros que solo regresaban a saquear; la tensión reinó en Ucrania Soviética.

paja

Fig. 3. En algunos puntos la radiación era tan grave que para evitar que se extendiera, se debía de retirar la tierra en su totalidad. Aproximadamente 200 mil años tardará esta tierra para descontaminarse en su totalidad, según documentó Alexiévich en su libro. Tomada de: http://bit.ly/1KnWdqA

Para mayo de 1986 se festejó –en medio de la crisis– el desfile de Mayo, en honor a la Revolución de Mayo. Se sabe que este desfile fue sumamente controversial y polémico por el hecho de haber sido realizado con plena confianza, pues en ese entonces la nube radioactiva sobrevolaba Ucrania. Esta actividad pretendió aparentar el bienestar de las cosas, mientras que la ciudadanía creía ciegamente en sus gobernantes; testimonios fotográficos o filmográficos son escasos ya que “alguien” allá afuera se ha esmerado en borrar evidencia de aquella celebración, las evidencias han desaparecido misteriosamente del Archivo Nacional de Ucrania. Tampoco es de extrañar el suicidio de Valery Legasov en abril de 1988 –a dos años de la tragedia–, pues bien se supo sobre el papel que este personaje jugó en la investigación del caso Chernóbil así como en el esclarecimiento de los hechos; sobra obviar el papel de la URSS en estas circunstancias.

Este año se cumplirán 30 años desde que aquella tragedia sacudió –hay quiénes se aventuran a afirmar que también lo derrumbó– un sistema político entero y abrió la puerta al mundo sobre los entrañables secretos que la URSS ocultó del mundo durante tiempo considerable; en este sentido tanto la Perestroika como la Glasnost de Mijaíl Gorbachov resultan un acto risible contra el accidente. Si bien la verdad sigue esparciéndose mediante la pluma y obra debut de esta escritora bielorrusa, la labor de Alexiévich no ha concluido; tal vez nunca acabe.

Nosotros como lectores, ciudadanos que somos nos queda la otra mitad de esta tarea, divulgar los acontecimientos, tomar conciencia, ya que Chernóbil no es “Stalker” (un videojuego), mucho menos es escenario de filmes de terror o de otras cosas mencionadas previamente en el inicio. Chernóbil es la humanidad, somos nosotros, es el fracaso de la transparencia, es la bienvenida al futuro, al siglo XXI, es un horroroso recordatorio de lo fácil que puede volverse el hombre hacia la crueldad y al engaño. Por (des)fortuna el daño ya está hecho, por lo que la tradición lírico-oral está a la orden del día y nos es menester inculcar en la humanidad que no todo está perdido, mientras estas historias vivan y sean narradas, sabremos que aún hay esperanza.

A modo de conclusión, los invito a que lean Voces de Chernóbil: Crónica del futuro y comprendan cómo y porqué Svetlana Alexiévich fue ganadora del Premio Nobel de Literatura. A tres décadas de esta tragedia, necesitamos sentir, escuchar y atender las plegarias de aquellos que fueron olvidados y así, recordar en el fondo, que todos somos parte de Chernóbil.

Alexiévich, Svetlana. Voces de Chernóbil: Crónica del futuro, México: Editorial Debate, 2015.

debate

 

 

 

 

 

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