Me resulta complicado dar forma a unas ideas que por principio parecen contradictorias con el contenido de la reflexión siguiente; ellas no poseen un carácter documentado ni son conclusiones definitivas de un cuantioso y profundo examen. Muy por el contrario, la informalidad que las caracteriza es el resultado de la abrumadora falta de compromiso que he adoptado al ser incapaz de moldear y esclarecer un torrente de pensamientos que se superpone constantemente a una actividad que por demás resulta infructuosa y que, en un todo, no es sino la reproducción incesante de un discurso en una cámara de eco.
Me hallo, pues, ante el lienzo digital en blanco. Indago en mi mismo sobre los motivos que me han conducido a escribir en primer lugar. Interrogo aquello que quisiera sacar en claro y los conocimientos que poseo son los primeros en venir a mi mente para responder; luego, me doy cuenta que dichos conocimientos son -las más de las veces- vestigios que queriéndolo y no he heredado de alguien en algún lugar. No me turba esta asimilación: hace tiempo que me ha persuadido la idea de que la tradición es ineludible, mas aun, los intentos pasados por rebatirla me han conducido a la más pacífica de las amarguras, la quietud del pensamiento. El recordatorio, no obstante, es uno de los efectos secundarios de esta alternativa. Ahora que el privilegio de la ociosidad y el haraganismo me han conducido a este trecho del camino del pensar, me resulta pecaminosa, por usar la jerga de la cristiandad, la mera posibilidad de eludir la responsabilidad que la conciencia decreta sobre los pensamientos. Confieso, por otra parte, que todavía me es difícil descifrar qué cargo de conciencia se apodera de mí en esos momentos, acaso es la estructura moral en que me desenvuelvo o una genuina consternación por lo que ocurre a mi alrededor.
Me hallo una vez más frente al lienzo, pero ya no está en blanco, sobre él he comenzado a escupir palabras que maniobran por conseguir un sentido, por acentuarlo si cabe. Releo reiteradamente lo que escribo y al cabo de un rato tiendo a juzgarlo como obviedades y/o repeticiones. No me causa mayor problema reconocer lo segundo, al fin y al cabo, mis razonamientos no son tan agudos ni mis elucubraciones tan atrevidas. Mi memoria me conduce a las cosas que he leído y escuchado anteriormente en disertaciones y aquella idea que trabajaba en mi cabeza comienza a tomar una forma menos abstracta. Aunque mi capacidad argumentativa no alcanza aún el rigor del científico, me refugio en una suerte de método que me conduce por los lugares que he aprendido a transitar en mi formación y en mi experiencia.
Es en la obviedad que detecto de mis palabras en donde un sentimiento de incredulidad me sobreviene. Es precisamente por el hecho de que solo estoy comentando sobre pensamientos ya materializados donde una interrogante me surge: ¿Para quién escribo? <<Hasta hace no mucho era un estudiante>>, pienso. La formación académica demanda construir profesionales del área en que los tutelados desean desempeñarse, por tanto, en el constante ensayo que supone el ejercicio de la reflexión, a menudo escrita, es en donde debo buscar a mis interlocutores. Yo, no obstante, no puedo imponerme a ellos; mis reflexiones nacen de un lugar personal y se nutren de condiciones bastante particulares. Mis curiosidades, respondidas hasta donde mi convicción y mi capacidad analítica me conducen, se ven forzadas en algún momento a tomar postura, pues aunque es muy posible encomendarse a varios caminos, mis predisposiciones y configuraciones mentales e ideológicas particulares me llevarán a sentir mayor o menor afinidad por esta u otra senda. La duda, por mínima que sea, es el punto de partida que conduce a sus agentes a explayarse sobre un tópico, a morarlo como diría Heidegger.
Llegados a este punto, el juicio va tomando fuerza, uno se percata con mayor agilidad de las relaciones que comienzan a develarse entre los tópicos de interés y el razonamiento rechaza la tentativa de quedarse en la satisfacción efímera que produce el responder una pregunta de trivia. Uno comienza a creer en lo que lee, escucha y argumenta, y la postura tomada se refuerza a sí misma con la apertura hacia el diálogo, donde el discurso propio es propenso de ser rebatido, contrariado, revitalizado o incluso modificado parcial o totalmente. En el espacio del diálogo, se rechaza la posibilidad de no tomar postura, del silencio. El interlocutor me lee, pero también conversa conmigo, por lo menos en su cabeza. Hace muecas, se adelanta a mi argumento para rebatirlo, predice mi siguiente movimiento o quizás le aburre tanto mi predictibilidad que no ve provechoso gastar más de su tiempo en un texto blando, soso y redundante. Quizás mis palabras tienen el efecto contrario. Es difícil saberlo cuando el interlocutor es una abstracción. Pesa el juicio ajeno porque las ideas que estuve masticando están tan interiorizadas que pensar en salir de ellas para explorar otros puntos de vista parece vulnerar mi propia identidad. Cuando me doy cuenta de ello, la pregunta por el para quién pierde sentido. Se supone que escribo para mí, para esclarecer el torrente de pensamientos alborotados que me surgen, pero no hay genuinidad en esa sentencia, no la percibo. ¿Acaso me he engañado a mí mismo?
Sigo dándole vueltas al asunto. Recuerdo entonces que la vocación de alguien como yo, de un humanista de profesión, debería estar orientada por una preocupación social. Mi condición sociocultural ha determinado muchos de los aspectos del modo en que comprendo el mundo y mi praxis, mi formación académica ha agudizado mi percepción y mi sentido de contribución y retribución, pero mi espíritu no parece indignarse ni entusiasmarse por las condiciones actuales ni por el cambio con la misma fuerza con que parece latir en otros. He oído antes el término en varios contextos: tanto en el privado como en el público mi corazón parece haberse entibiado, o eso dirían muchas de estas personas que claman no juzgar a los demás por razones más o menos superficiales según su grado de segregación, sus emociones, sus imposturas o sus condiciones identitarias. Todos ellos, sin embargo, tienen razón en muchos de sus reclamos. Las personas están acostumbradas a mostrar sus puntos de vista al respecto de un sinfín de temas. Constantemente se inquiere sobre gustos, opiniones y comentarios porque eso muestra parte de nuestra propia identidad. Los hechos y argumentos también son importantes aunque no parecen abundar en ningún tiempo en que la petulancia intelectual se adjudica el derecho de superioridad por más o menos tiempo invertido leyendo libros.
Las opiniones tienen, teóricamente, derecho ecuánime a existir. No obstante, la opinión se vuelve menos tolerable cuando contraria la propia y, más aún, cuando el cuestionado elige ejercer su derecho al silencio. No hablo aquí de opiniones obviamente reprensibles ni escasamente reflexionadas, sino de los puntos medios en que se encuentran la mayoría de argumentos para un problema. El convencimiento que trae las cosas aprehendidas y comprendidas genera un sesgo del que no muchos pueden salir: el voltear a otro lado y hallar sentido en dos argumentos antagónicos. Hay dos proposiciones que me gustaría usar para ejemplificar esto, aunque puedan resultar algo burdas. La expresión «el amor lucha por permanecer» y la expresión «el amor deja ir» son dos proposiciones cuyo valor de verdad está supeditado las más de las veces por la experiencia particular de aquel que la enuncia. Pensando el amor como algo abstracto es difícil determinar cuál de las dos es «objetivamente» más real que la otra. Dar un veredicto de esto no es más sencillo al concretizarlo, pues para ello debemos remontarnos a estudios varios que tengan en cuenta los factores psicológicos, culturales, artísticos, históricos, sociales, etc., que han influido en las opiniones de un individuo al respecto del tema, por no mencionar su propia historia personal y su proximidad empírica con aquello de lo que se habla. Si bien los primeros pueden extrapolarse a un sinfín de casos para sacar una conclusión estadística, las razones personales que convergen en el veredicto de un individuo son inescrutables más allá de la dimensión de la escucha, donde uno puede descubrir que condiciones en extremo similares pueden desembocar en cualquiera de las dos conclusiones y no perder validez en el camino.
Se habla cada vez menos en términos de consejos. La atomización de los individuos cuya dinámica social implica un uso cotidiano de redes sociales se esfuerza en dejar en claro que los procesos de identidad no pueden ser comprendidos por los otros, pero sí empatizados dada la multiplicidad de factores comunes que contribuyen a la comprensión de la vida ajena. La aparente impersonalidad del arte y de las obras artísticas se muestra como la alternativa para darnos el privilegio de juzgar determinados modos de ser que no son el propio (o incluso el propio) como si se tratara de algo distante que, paradójicamente, ejerce mucha presión interna. El culto al yo que supone la personalidad y la identidad y la identificación se torna un asunto no superficial por los motivos socioculturales que lo rodean. Esta no superficialidad hace que lo propio se vuelva más importante que lo otro diferente, más aún si se sale de las normatividades impuestas por la cultura y la contracultura. Luego, aquello que no es superficial es serio, y sobre los temas serios que involucran a uno no se debería hablar. Los puntos de vista no se toman como lo que son, se juzgan con implacabilidad por la naturaleza intrusiva del diálogo, un diálogo auto-centrado que realmente no desea escuchar. Luego, el silencio solo irrumpe cuando el desinterés se hace manifiesto. Entonces llega el momento de reflexión muda en que se concede validez a los argumentos contrarios, pero no se manifiesta. La concordia se desplaza por un «quizás el otro tenga un punto», y el espacio de debate queda irresuelto, preparado para el próximo par de individuos que tengan algo que decir pero poco que escuchar.
La ventaja que provee el texto para este tipo de dinámicas es fascinante, pues no hay manera alguna de adivinar entre lo aparente más que con suposiciones y especulaciones. Lo que se diga de un texto como éste, por ejemplo, va a quedar olvidado en algún momento y con él las respuestas que puedan hacérsele. Esta impermanencia de las conversaciones no es síntoma de algo mayor, es tan solo la insociabilidad que habita en cada uno cuando las cosas resultan sistemáticamente contrarias a nuestro deseo de ser de las cosas. La indignación tiene sentido, pero ultimadamente no hay más por decir, pues cada persona sigue su rumbo hasta que está dispuesto a cambiar de senda, y no todos tienen la oportunidad, las ganas o la disposición de hacerlo. Tomar postura se convierte en un refugio tan peligroso como la ignorancia, pues se corre el riesgo de no volver a encontrar la salida.
Si uno se toma el tiempo de volver a conversar con las personas en un sentido genuino se dará cuenta de que muchas de las cosas que parecen incógnitas en realidad son obviedades que las ganas por decir algo ocultan. El obstáculo de la comunicación cotidiana no parece encontrarse en la incapacidad del otro por entendernos, sino en nuestra incapacidad de permanecer en silencio cuando escuchamos. Para darse cuenta de que tan deseosos estamos de ser escuchados quizás deberíamos preguntarnos más a menudo qué opinión tenemos de las cosas que decimos y por qué es importante que tengamos una voz sobre las cosas que hablamos. Cierto es que hay temas sobre los que no es pertinente demorarse dada la urgencia (personal o social) que demandan para ser atendidas, pero es igual de imprudente exigir una opinión precipitada sobre la que se espera determinada respuesta o acción. En tanto formarse un juicio es algo que a menudo ocurre de manera involuntaria, es más fácil que el tomar postura se vuelva un hábito. Guardar silencio y hacer el intento por escuchar atentamente, por el contrario, implica un esfuerzo que se ve constantemente retado por la necesidad impuesta o personal de decir algo en el contexto de la sociabilidad.
En mi caso, la dificultad que supone escribir o comentar al respecto de algo nace parcialmente de la realización de que, fundamentalmente, no tengo nada que decir con valor genuino, por lo que prefiero mejor callar, dejar que los otros hablen y aprender de aquellos que parecen conocer mejor que yo. Este texto que, conforme más avanzaba parecía ir adquiriendo un tono condescendiente que prefiero no sea tomado como tal, puede ser el propio ejemplo de lo que, como dije al comienzo, es una idea sobre la que he orbitado y a menudo sentido como una cámara de eco. Aún le sigo dando vueltas y por lo mismo no me he decidido si debo publicarlo o no.
Todos los caminos conducen a Roma o al Amor. Se puede elegir. El tema es que nos creemos que existe una sola forma de hacer las cosas.
El destino de la Filosofía es el Arte, y el del Humanista es la familia, una ampliación de los límites del concepto hogar, en dónde nunca deben faltar las risas, el mejor de los resultados alquímicos.
Los garabatos que se pintan en los muros ajenos, son las firmas sobre algo generalmente descuidado, gris, feo o desarmónico, pero también sobre lo bien cuidado en dónde la desarmonía de la firma le otorga lo que le falta y lo hace perfecto como miro de los lamentos. En ambos casos los defectos quedan impresos para dar noticias y testimonio de su condición.
Es un símbolo y recuerdo de lo que permea a todos en el intento de comunicación bajo una obediencia, un intermediario que interfiere en la claridad del propósito.
El ímpetu natural a la desobediencia se convierte en transgresión, no a la ficción de ley, saber o creencia que se impone desde una autoridad y dueño, sino a su propia consciencia.
Para el huérfano de consciencia la ficción es la única realidad que lo convierte en objeto de ficción, condición para que sea observado y prestada su atención. El desfogue de la represión va acompañada del saborear el poder con goce adictivo, lo que convierte paulatinamente a la víctima en victimario, en diferentes graduaciones entre el dolor y placer, repetición representada en un teatro.
La transgresión o la agresión en trance, se convierte en un lenguaje del cual se sedimentan palabras extrañas y específicas de la locura, dónde se distorsionan los significados, propósitos y sentidos de la justicia, el amor, el respeto y la libertad, que desde la carencia, emergen lógicamente como el castigo, la represión, la tolerancia y la obediencia, indicando la condición afectada a la supervivencia, en dónde actúa la lucha, la parálisis y la huida, ocultando lo esencial y trascendente en el baúl de los misterios.
¿Qué se ama y que se desprecia?
Por lo tanto, una ficción de ley, saber o creencia, que puede ser una palabra, sueño, ideología y sistema, son circuitos cerrados en dónde los inicios y fines se encuentran prestablecidos. Las variantes son anecdóticas que pasan a llenar el saco de las estadísticas.
Cada creyente recreará una nueva versión a su medida para formar parte del circuito lógico y retroalimentarlo.
Por eso, hay que tener presente la mecánica clásica de los automatismos que forman lo aparente bajo una lógica binaria plasmada en planos bidimensionales.
Los ojos y oídos pueden ser muy fácilmente engañados por la belleza o atraidos por el horror.
El que es atrapado en la mecánica, no sólo puede serlo entre cuatro paredes, sino hasta dentro de un diamante.
El amo y el esclavo son extremos de una misma vara, uno de ellos cree ser la única realidad.
El amo utiliza las virtudes y defectos como objetos de ficción dentro de un tablero de juego. Mientras en el reflejo especular del esclavo, ese bien y mal se encuentran en pugna eterna y equilibrada. Ambos constituyen una normalidad monolítica en dónde los defectos deben perdurar como virtudes para señalar la existencia del opuesto, por lo cual las virtudes quedan reprimidas, sin aprender cual es el error y el defecto que lo genera.
Los carceleros y al mismo tiempo, guardianes, son muy claros. En el amo, es la sofisticación de su herramienta tecnológica virtual y física en la que depositan ilusoriamente toda su responsabilidad, mientras en el esclavo es un Dios, idea, entelequia perfecta a la que nunca puede superar por su imperfección eterna, mientras se conserve como verdad en la memoria de las apariencias, que es atemporal.
El resultado es el transhumanismo, concretado en un Dios binario, eléctrico y magnético de bolsillo y a la medida de cada usuario, que fusiona lo animal, lo humano y lo divino. La quimera hecha realidad, en donde el ser humano forma parte del inventario de la ficción.
El creyente nunca elige a un presidente, ni al rey o Papa, tampoco al pastor o gerente, juez o general, y menos al dueño de la tierra o empresa en dónde trabaja. El contrato es entre los que saben y mandan con los que ignoran y obedecen.
Cuando los reinos se asocian se les llama imperio, una sociedad anónima con muchos testaferros.
El teatro de realidad establecido es constituido por ficciones fantásticas, legales y técnicas. El adiestramiento se realiza con premios y castigos, pero el verdadero premio es no ser castigado, por lo cual solo existe libertad condicional con permisos bajo tributos, y es llamado Derecho.
Por eso el arte expone lo aprendido con la virtud, o el producto de su defecto en dónde la virtud se encuentra en segundo plano, un fantasma para Freud.
Al entrar al cuento de Caperucita roja inconscientemente, el cliente no irá a dónde quiera, sino que es obligado a transitar por dónde está programado ir.
Mientras entiendes el cuento, están pasando cosas… La normalidad.
¿Quién fue primero, el engañador o el engañado?
Todo es arte o nada lo es.
El arte es un juego, y hay que aprender a jugarlo.
Cada palabra tiene su sitio, como un estúpido, en especial si es extraordinario, la obra cúlmine del arte de Dios.
PD: «no sólo hay que mirar la Luna y el dedo que la señala, también a la otra mano que intenta robarle la cartera»
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